Bautismo de Jesús
Textos del
Día:
El Antiguo Testamento: Isaías 43:
1-7; Salmo 29
La Epístola:
Romanos 6:1-11
El Evangelio
del día: SAN LUCAS 3:15-22
SERMÓN
Nos
encontramos en el tiempo de la Epifanía, y para esta temporada se ha escogido
este texto.
Epifanía
significa manifestación y se refiere a la triple manifestación de Jesús como
Salvador del mundo, a saber: primero, a los gentiles, los magos del Oriente
conducidos a Jesús por la estrella maravillosa, como precursores de todos
aquellos paganos que en el correr del tiempo vendrían a Jesús; segundo, la
manifestación a su pueblo, que relata nuestro texto, en el que el Padre y el
Espíritu Santo testifican de Jesús; y tercero, la manifestación de Jesús a sus
discípulos mediante su primer milagro, en las bodas de Cana.
Jesús
seguirá manifestándose hasta el fin del mundo mediante la predicación del
Evangelio y la administración de los Santos Sacramentos. El precursor del
ministerio de la Palabra, en el Nuevo Testamento, era Juan el Bautista, que
predicaba y bautizaba en el desierto de Judea.
Para que nadie
creyera que el ministerio de la Palabra era invención humana, Dios mismo
ratificó la predicación de Juan por la voz procedente del cielo y confirmó el
bautismo por la aparición del Espíritu Santo en forma de paloma, demostrando
así que todos los bautizados reciben el Espíritu Santo para su salvación. A
este testimonio se refiere Jesús ante los judíos incrédulos cuando les dice:
“El testimonio que yo tengo, mayor es que el de Juan... el Padre también que me
envió, él mismo ha dado testimonio de mí” (Juan 5:36-37).
Nuestros
cultos tampoco se celebran por iniciativa humana, sino por el mandato de Cristo
que ordena predicar su Palabra a todas las naciones. Cristo confirma nuestra
predicación cuando declara: “El que a vosotros oye, a mí me oye” (Lucas 10:16).
Tengamos en
cuenta, pues, que el sermón es el testimonio de Dios mismo, de su Hijo, para
que en Él tengamos vida eterna. Que para este fin Dios bendiga también su
Palabra en tanto que consideramos en este momento el siguiente tema:
El Padre y el Espíritu Santo Testifican del Hijo
El Padre y el Espíritu Santo Testifican del Hijo
1. La
ocasión en que fue dado este testimonio;
2. El
significado de este testimonio.
1. La
Ocasión en que Fue Dado Este Testimonio
Jesús se presenta en el lugar donde Juan estaba bautizando. (Vs. 21-22.)
Desde su nacimiento y desde su adoración por los pastores, representantes de su propio pueblo, y los magos, representantes de los gentiles que vendrían al Cristo, según la profecía de Isaías (capítulo 60), no sabemos nada de Jesús hasta los doce años, cuando dice en el Templo que Él debe estar ocupado en las cosas de su Padre celestial. Con estas palabras declara públicamente ser el Hijo de Dios. Después de este destello de su gloria, nuevamente desaparece en la oscuridad y las puertas de la carpintería de Nazaret se cierran tras Él. Podemos imaginárnoslo trabajando como carpintero, dando buen trabajo a precio justo. Santifica así el trabajo manual y demuestra que ese trabajo no es humillante, sino que en todo servicio honrado podemos servir a Dios, haciendo el trabajo de buena voluntad, como al Señor y no a los hombres, sabiendo que el bien que cada uno hiciere, esto recibirá del Señor, sea siervo o sea libre. (Efesios 6:8). Pero así como una corriente pequeña, que desaparece ante nuestra vista por entre las rocas y en la obscuridad de la selva para reaparecer como torrente impetuoso en su curso inferior, con potencia para accionar turbinas, asimismo Cristo vuelve a presentarse, después de dieciocho años de retiro voluntario, a la edad de treinta años y en la plenitud de su personalidad, para cumplir con su misión. Para ello guarda las herramientas y cierra la puerta de la carpintería y se encamina hacia el desierto de Judea, donde Juan el Bautista anuncia la proximidad del reino de Dios, predicando el arrepentimiento y bautizando para el perdón de los pecados.
Juan
enfrenta las mismas dificultades que enfrenta cualquier otro predicador. Se
presentan hombres que consideran el bautismo una mera costumbre y en vez de
servir con sus costumbres a Dios, hacen de su servicio a Dios una costumbre.
Son ellos los representantes de todos aquellos que también hoy en día tienen a
la religión por una costumbre a la que se adaptan según las circunstancias. Se
hacen bautizar como de cierta iglesia cuando están entre los de esa iglesia, y
como evangélicos cuando están entre los evangélicos. A los tales Juan amenaza
con el fuego del infierno.
(Mateo
3:7-12.) Por no arrepentirse de sus pecados, se fueron sin el bautismo, como
dice la Biblia: “Pero Los fariseos y los
doctores de la ley, desecharon contra sí mismos el consejo de Dios, no habiendo
sido bautizados por Juan” (Lucas 7:30).
También se
presenta el caso contrario, cuando Juan siente su propia insuficiencia ante una
responsabilidad tan grande, como es el santo ministerio de la Palabra. Esto sucede
cuando Jesús se pone en la misma fila con los pecadores para ser bautizado y
Juan reconoce su inferioridad. Trata de disuadir a Jesús de hacerse bautizar
por él, creyendo más bien en la necesidad de ser él bautizado por Jesús.
Pero Jesús insiste
en ser bautizado por Juan, honrando así el ministerio, y enseñando por su
ejemplo que la eficacia del ministerio no depende del oficiante, sino de la
institución divina. Aunque veamos en el pastor debilidades, que de seguro
tiene, porque es pecador, no por ello debemos tener en poco el oficio de la
Palabra sino que debemos creer que lo que el pastor trata con nosotros en
nombre de Cristo, es tan válido y cierto, también en el cielo, como si nuestro
Señor Jesucristo mismo tratase con nosotros.
El bautismo
de Jesús es parte de su oficio. Jesús no necesitaba el bautismo para su
persona. Pero igualmente estaba ansioso de bautizarse porque quería someterse a
toda institución de Dios para salvación del mundo, y para dar testimonio de la
necesidad del bautismo para la salvación. Además, el bautismo de Jesús
simboliza su muerte y resurrección. Es el pecador el que debe ser hundido en
las olas del juicio final por sus pecados. Pero es Cristo el que toma su lugar
ante Dios y cambia el juicio en perdón, pues como Él resucitó de entre los
muertos y vive y reina en la eternidad, así también el pecador, por los méritos
de Cristo, vivirá en eterna justicia y bienaventuranza. Así el bautismo no sólo
debe ser aplicado a Jesús, sino que también halla su cumplimiento en la obra de
Jesús.
Reconociendo
que el bautismo formaba parte de la obra de Cristo, Juan, al día siguiente de
haberle bautizado, anuncia a Jesús como Salvador, diciendo: “He aquí el Cordero
de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).
Ya que Jesús no necesitaba el bautismo para su propia persona, tampoco necesitaba confesar pecados ni ser amonestado al arrepentimiento. Dios mismo pronunció el sermón bautismal y elevó a su Hijo a la compañía de la Santísima Trinidad, y expresó su complacencia en la obra de su Hijo.
2 El Significado de Este Testimonio
Ya que Jesús no necesitaba el bautismo para su propia persona, tampoco necesitaba confesar pecados ni ser amonestado al arrepentimiento. Dios mismo pronunció el sermón bautismal y elevó a su Hijo a la compañía de la Santísima Trinidad, y expresó su complacencia en la obra de su Hijo.
2 El Significado de Este Testimonio
Dios
manifiesta su complacencia en su Hijo. Ante Dios no existe lo pasado ni lo
futuro, sino que todo es eternamente presente. Por esta razón ve la obra de su
Hijo como ya finalizada y manifiesta su complacencia en Él. La voz del cielo es
el “amén” al “consumado es” que se escuchará desde la cruz.
El Evangelio
nos relata cómo Jesús cumplió este testimonio. Se manifestó como el Hijo de
Dios con palabras y obras. Su primera palabra que habló en público, en el Templo
a los doce años, fue una declaración de que Dios era su Padre; y su última
palabra en la cruz, consistió en encomendar su alma al Padre. Entre estas dos
palabras se desarrolla todo el plan de la salvación, para cuya realización
había sido enviado. Para comprender la necesidad de la muerte propiciatoria
debemos acordarnos del “Santo, Santo, Santo”, que entonan los ángeles ante el
trono de Dios y que cantamos nosotros todas las veces que celebramos la Santa
Cena. Aunque los hombres nieguen sus pecados, no se atreven a declararse
santos. Los más empedernidos sostenedores de su propia bondad admiten, acusados
por su conciencia: “Es cierto, no soy santo.” Pero con ello admiten su
condenación, porque Dios quiere que sean santos, cuando les dice: “Santos seréis,
porque santo soy yo, Jehová, vuestro Dios” (Levítico 19:2). Así como el fuego y
el agua no pueden ser unidos porque son dos elementos incompatibles entre sí,
así mismo no pueden ser unidos el hombre pecador y el Dios santo porque son dos
seres incompatibles; el hombre pecador no puede quedar en compañía del Dios
santo. Por esto los hombres, después de haber caído en el pecado, fueron
echados del paraíso, de la presencia de Dios, y el cielo les quedó cerrado. Si
la Palabra de Dios es cierta (y sabemos que lo es) y si las amenazas de la Ley
de Dios no son palabras vacías (y sabemos que no lo son), entonces es seguro
que de todos los hombres que nacieron ninguno se habría salvado si no hubiera
prestado satisfacción a Dios por sí mismo.
Es aquí
donde interviene Cristo, pues “Él llevó sobre sí nuestros pecados y fue
traspasado por nuestras transgresiones, el castigo nuestro cayó sobre Él y por
sus llagas nosotros sanamos” (Isaías 53). Reconciliados con Dios por los
méritos de Cristo, Dios ya no mira nuestros pecados sino que nos mira tal como
somos en Cristo. Y como tiene complacencia en su Hijo, también tiene
complacencia en los que están en Cristo. Si nos sobreviene algún sufrimiento,
no es el castigo de un Dios iracundo, sino la reprensión de un padre amoroso
que procura nuestro propio bien, como lo explica San Pablo: “Castigados somos
por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo” (1 Corintios 11:32).
Testimonio
para nuestro bautismo. A causa de su obra, Jesús pudo ordenar la predicación de
su Evangelio como la palabra de la reconciliación e instituir los Santos
Sacramentos como medios de gracia, por los cuales ofrece, da, y asegura a los
creyentes el perdón de los pecados, paz para con Dios y el poder de llevar una
vida cristiana.
Así como en
el bautismo de Jesús el Espíritu Santo se manifestó en forma de paloma para
testificar ante Juan y el pueblo que Cristo es el Hijo de Dios, asimismo
nosotros hemos recibido en nuestro bautismo el Espíritu Santo para nuestra
salvación como el don más precioso.
Este hecho
debe manifestarse en nuestra vida diaria. La paloma es símbolo de paz y
mansedumbre. Con nuestra amabilidad en el trato con el prójimo, por nuestra
mansedumbre, por nuestra sinceridad debemos mostrar que tenemos el Espíritu
Santo.
Pero el Espíritu
Santo es también Espíritu de poder, pues en otra oportunidad vino con ímpetu,
cual viento fuerte, sobre los apóstoles, los fortaleció para llevar adelante la
causa de Cristo, sin temor aun a la misma muerte. En el bautismo de Jesús se
abrió el cielo sobre Él. Los discípulos sabían que también a ellos les sería
abierto el cielo, una vez cumplida su misión en este mundo. El Espíritu Santo
ha de fortalecernos para que llevemos adelante la causa del Señor en este
tiempo de Epifanía, pues también para nosotros está abierto el cielo por los
méritos de Cristo, abierto para nuestras oraciones, que se elevan allí, abierto
para todas las bendiciones que bajan desde allí, pero también abierto para
recibirnos en la hora de nuestra muerte.
Previendo la
oposición del mundo impío, el Padre y el Espíritu Santo testifican del Hijo
para fortalecer a Juan en su difícil ministerio. Que el poder divino nos
acompañe también a nosotros en nuestra obra de evangelización, para nuestra
salvación y la salvación de aquellos que nos oyen, y para la gloria del Padre,
y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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